Tras siglos de leyendas, miedo, advertencias y cuentos en los que casi siempre ocupa el lugar del enemigo, el lobo sigue caminando entre los árboles, observando desde la distancia, en un territorio al que solo nos atrevemos a entrar durante el día.
¿Qué hay detrás de nuestra inquietud? ¿Una furia hacia nuestros instintos que, aunque domesticados, no aceptan vivir bajo reglas y desconfían de la vocecita susurrando que la obediencia es virtud? Ya no tememos al lobo, el peligro se transforma en comprensión. Hemos soltado la ilusión de control sobre lo salvaje. Ya nos hace sonreír cada vez que no responde a nuestras expectativas.
Su silueta solitaria bajo un cielo inmenso nos muestra el camino hacia el interior donde no es necesaria la aprobación constante de los demás. A la vez, la compañía de la manada no nos hace dejar de ser nosotros mismos.
En una sociedad que suele confundir éxito con competencia y autoridad con imposición, el lobo también puede simbolizar inteligencia colectiva. Protege a los suyos sin justificar cualquier conducta en nombre de ellos.
Todos tenemos una zona que preferimos mantener oculta. Yo le llamo la zona de sombra, donde tiramos nuestros sentimientos y los camuflamos con una reacción aceptable. Nunca damos autoridad a nuestra zona de sombra para gobernarnos, pero es una fuerza inconsciente.
El lobo también representa la libertad de aceptar las consecuencias de nuestras decisiones, renunciar a la seguridad de lo conocido, tolerar que otros no comprendan nuestras elecciones y admitir que no siempre podremos conservar las cosas que amamos.
No puede vivir fuera de las condiciones de su naturaleza. Nosotros, en cambio, debemos aprender a distinguir entre las limitaciones que protegen la convivencia y aquellas que buscan doblegarnos. ¿Acaso no es eso otra forma de cautiverio? ¿Huir de todo vínculo por miedo a depender, destruir cuanto nos rodea para demostrar que nadie puede dominarnos, desear seguridad mientras soñamos con escapar, o admirar la fuerza para luego desconfiar de quien no se deja someter?
Ha de estar cansado de representar nuestras contradicciones. Comprendiéndolo no vamos a comprendernos. De él hemos aprendido a aullar bajo la luna, pero mientras sigamos pensando que hay que ganarse un lugar en la manada, no seremos libres. Al final, siempre vemos al lobo que queremos ver.
Referencias
Contino, L. (2025). El Sepulcro de los Lobos.
