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Lenguaje y Realidad

Lumey Contino - Language and Reality - Lenguaje y Realidad

¿La realidad crea el lenguaje o el lenguaje crea la realidad? ¿Pensamos primero y después buscamos palabras para expresar lo que pensamos, o las palabras disponibles influyen en aquello que podemos pensar?

La discusión está relacionada con la llamada relatividad lingüística, asociada con Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. En su versión más fuerte, esta perspectiva sugeriría que el idioma determina o limita el pensamiento: si una lengua no posee determinadas categorías, sus hablantes tendrían una experiencia mental radicalmente diferente.

Esa versión determinista ha sido ampliamente cuestionada. El hecho de que una lengua no tenga una palabra específica para algo no significa que sus hablantes sean incapaces de percibirlo o comprenderlo. Podemos reconocer un color para el que no tenemos un nombre, distinguir sonidos para los que necesitamos una descripción y comprender conceptos que nuestra lengua expresa mediante varias palabras en lugar de una sola.

El lenguaje no necesariamente determina lo que podemos pensar, pero puede influir en aquello que distinguimos, enfatizamos y comunicamos con mayor facilidad (Evans y Levinson, 2009).

¿Es el lenguaje un espejo de la realidad, una prisión que nos impide verla, o una forma de organizarla?

Una ventana puede ser concebida como un ojo o como una abertura para el viento. La historia de las palabras ofrece ejemplos de cómo las lenguas pueden conservar antiguas maneras de conceptualizar las cosas. Tomemos la palabra «ventana». En español, procede del latín ventus, «viento», una etimología que conserva la antigua asociación entre la abertura y el aire que entra por ella. En ruso encontramos окно (okno), «ventana», relacionada históricamente con око (oko), «ojo». Esta relación etimológica resulta sugerente porque permite imaginar la ventana como una especie de ojo de la casa: una abertura a través de la cual se mira hacia afuera.

No significa que un hispanohablante moderno piense en una ventana como un lugar por donde entra el viento, ni que un rusohablante moderno piense en ella como el ojo de la casa. Las palabras sobreviven a las circunstancias que las originaron y pueden conservar asociaciones que ya no son conscientes para quienes las utilizan. En ese sentido, una palabra puede convertirse en un pequeño fósil cultural.

Imaginemos un día de otoño. El viento mueve las hojas secas de un árbol. Las hojas se rozan unas con otras y producen ese sonido suave, continuo, áspero. En ruso existe el verbo шуршать (shurshat’), utilizado para describir ciertos sonidos suaves producidos por el roce de materiales como las hojas secas, el papel o la hierba. Su propia sonoridad tiene un carácter onomatopéyico.

En español, en cambio, necesitamos rodear la experiencia con palabras: las hojas crujen; las hojas susurran con el viento; se escucha el sonido de las hojas al moverse. No tenemos un verbo de uso general que condense esa experiencia.

¿Por qué el ruso desarrolló una palabra específica para este tipo de sonido mientras que el español suele expresarlo mediante una descripción? ¿Qué hace que una experiencia termine convertida en una palabra en una lengua y no en otra?

La respuesta probablemente no sea que los rusos consideran las hojas más importantes que los hispanohablantes. Tampoco podemos concluir, por la existencia de shurshat, que los rusos perciben el sonido de manera diferente.

Las lenguas pueden lexicalizar diferentes aspectos de la experiencia. Una comunidad puede desarrollar una palabra para una distinción que otra comunidad expresa mediante una frase. Esto puede ocurrir por razones históricas, culturales, fonéticas, gramaticales o por la evolución particular de una lengua.

Un hispanohablante puede escuchar perfectamente el sonido de las hojas. Puede reconocerlo, describirlo, recordarlo e incluso escribir sobre él. Lo único que ocurre es que el español no convirtió esa experiencia concreta en un verbo equivalente.

Y esto nos devuelve a la pregunta inicial. Si podemos experimentar algo antes de tener una palabra para nombrarlo, entonces el lenguaje no crea necesariamente la experiencia. Pero una vez que tenemos una palabra, algo cambia. Podemos señalarla, repetirla y compartirla con mayor facilidad. Podemos escribir un poema sobre ella sin tener que explicar cada vez de qué sonido estamos hablando.

Wittgenstein (2001) escribió: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».

Si lo vemos desde el punto de vista de la teoría comunicativa de la espiral de Contino (2026), realidad, experiencia, interpretación y lenguaje no forman una secuencia lineal, sino un proceso de retroalimentación. La realidad provoca experiencias que interpretamos y buscamos expresar mediante el lenguaje; pero, una vez creadas esas expresiones, el lenguaje vuelve a influir en la manera en que interpretamos la realidad. Cada palabra se convierte así en una nueva vuelta de la espiral.

Referencias

Contino, L. (2026). La Comunicación como Espiral: Teoría y Perspectivas Lingüísticas.

Evans, N., & Levinson, S. C. (2009). The myth of language universals: Language diversity and its importance for cognitive science.

Wittgenstein, L. (2001). Tractatus logico-philosophicus. Routledge. (Original work published in 1922).