Nací en Güines, un pequeño pueblo de Cuba, donde tuve lo que recuerdo como una infancia feliz. Mis padres se dedicaban plenamente a mí y crecí rodeada de amigos. Como muchos niños cubanos, pasábamos los días jugando en el barrio, corriendo de un lado a otro y haciendo travesuras. La vida era sencilla y nuestro mundo nos resultaba familiar.
Al crecer, estuve expuesta a ideas que aceptaba sin cuestionar. Se esperaba que las niñas aprendieran a cocinar y a servir a los hombres, y la homosexualidad solía describirse como algo anormal. Mi tío abuelo era homosexual y recuerdo verlo limarse las uñas, teñirse el cabello y cuidar su apariencia. De niña, sus costumbres me resultaban divertidas, sin que comprendiera los prejuicios sociales detrás de las reacciones de los adultos a mi alrededor. Tiempo después, mi madre me contó que lo habían encarcelado por ser homosexual, en una época en la que la homosexualidad estaba penalizada en Cuba. No comprendí la injusticia de su experiencia hasta mucho más tarde.
Mi infancia también moldeó mi manera de entender la raza, las clases sociales y la religión. La diversidad racial de Cuba y su historia de mestizaje hacían que las categorías raciales fueran menos definidas. Aunque las dificultades económicas estaban muy extendidas, las diferencias materiales solían ser menos visibles que en sociedades donde la riqueza se distribuye de manera más desigual. La religión, por su parte, formaba parte de una realidad diversa en nuestras vidas. Mi abuela y mi tío seguían las tradiciones yorubas; mi madre era cristiana e iba todos los días a la iglesia, mientras mi padre, médico de profesión, era ateo, aunque con una dimensión espiritual. De mi madre aprendí la fe; de mi padre, a cuestionar las instituciones religiosas y buscar un sentido más allá de los dogmas.
A pesar de estas experiencias, hubo un tiempo en el que creía estar libre de prejuicios, especialmente hacia las personas con discapacidad. Esa convicción se puso a prueba cuando ingresé en la universidad para estudiar la licenciatura en Lengua Rusa. Para ser admitidos, los aspirantes debían superar una prueba de aptitud que evaluaba distintas habilidades, incluida la expresión oral. Un año, la Facultad de Lenguas Extranjeras decidió suspender la prueba para comprobar si realmente era necesaria. Como resultado, ingresó un estudiante que tartamudeaba.
Mi primera reacción fue pensar que tendría dificultades. ¿Cómo alguien con problemas para hablar su lengua materna podría aprender a hablar una lengua extranjera? Había reducido todo su potencial a una sola característica.
La realidad demostró que estaba equivocada. Se convirtió en el mejor estudiante de la clase. Aprender una lengua extranjera le ofreció una nueva manera de abordar el habla y, en ese contexto, podía comunicarse sin tartamudear. Su logro desafió mis suposiciones y me obligó a reconocer un prejuicio oculto.
Los prejuicios no siempre nacen de una crueldad deliberada. A veces, se desarrollan a partir de creencias, costumbres y limitaciones del entorno en que crecemos. Podemos considerarnos personas de mente abierta y, aun así, conservar ideas preconcebidas que nunca nos hemos detenido a examinar.
El crecimiento personal comienza cuando dejamos de suponer que ya sabemos cómo mirar a los demás y nos mostramos dispuestos a cuestionar nuestra propia perspectiva. No podemos deshacer todo lo que hemos aprendido, pero sí podemos elegir qué merece permanecer en nosotros. A veces, comprender mejor significa aprender algo nuevo. Otras veces, significa desaprender.
Referencias
Contino, L. (2016). Nadie quiere ir hacia la luz.
