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Por la Carretera del Pamir

Lumey Contino - Por la Carretera del Pamir - Along the Pamir Highway

En Rusia conocí por primera vez a un tayiko, y fue una experiencia interesante. Nos comunicábamos en ruso. En Tayikistán se habla tayiko, una lengua perteneciente a la rama irania de las lenguas indoeuropeas, muy relacionada con el persa. Sin embargo, Tayikistán formó parte de la Unión Soviética y, durante décadas, el ruso fue una lengua obligatoria en la educación de las repúblicas que integraban aquella unión. Esa herencia lingüística permanece.

Mi interlocutor había pasado su infancia en Tayikistán y después se había trasladado a Rusia para estudiar en la Universidad Estatal de Samara. Pertenecía a una familia de clase media que podía permitirse enviarle dinero para cubrir sus gastos. No necesitaba trabajar mientras estudiaba.

En su cultura, según me explicó, la familia ocupa un lugar central en la vida de las personas. El respeto hacia los padres y abuelos es profundo. A los mayores se les atribuye sabiduría y experiencia, por lo que sus opiniones tienen un peso considerable en las decisiones familiares.

También me habló de los matrimonios. En el entorno cultural que describía, las familias pueden intervenir en la elección de las parejas, proponiendo a sus hijos personas en el círculo de amistades y conocidos de los padres. La poligamia, permitida dentro de la tradición islámica bajo determinadas condiciones, también existe: un hombre puede tener varias esposas, siempre que cuente con los recursos para mantenerlas.

La religión musulmana tiene una presencia importante en la sociedad tayika y, de acuerdo con lo que me contó, influye en sus valores y costumbres. Me describió una sociedad conservadora, con roles de género definidos y una fuerte presión familiar sobre la conducta individual. La homosexualidad, por ejemplo, es un asunto delicado. Me explicó que las personas homosexuales sufren rechazo y marginación, y que serlo puede interpretarse como una deshonra para toda la familia.

Insistía en que los hombres respetaban la capacidad intelectual de las mujeres. Según su percepción, los maridos consideraban a sus esposas intelectualmente iguales, valoraban sus opiniones y tomaban en cuenta sus criterios. También afirmaba que la violencia contra las mujeres era algo que no se toleraba. No puedo asegurar hasta qué punto esa descripción representa la realidad general del país, pero durante nuestras conversaciones tuve la impresión de que él creía en esa forma de entender las relaciones entre hombres y mujeres.

Otro asunto que surgió fue el racismo. Me comentó que no era algo que percibiera habitualmente dentro de Tayikistán. Quizás esto se debía, en parte, a la relativa homogeneidad étnica de la población, aunque eso no significa que no existan diferencias o prejuicios de otra naturaleza. Las desigualdades económicas, en cambio, eran evidentes. Me habló de clases sociales bien diferenciadas: personas muy ricas, una clase media y sectores que vivían en condiciones de pobreza. Su familia pertenecía a ese amplio segmento intermedio.

Si había algo de lo que mi interlocutor se sentía orgulloso era de la condición física de sus compatriotas. Hablaba con entusiasmo de la buena complexión de los tayikos y de su afición por los deportes de combate. El taekwondo era uno de los que mencionaba con mayor frecuencia. Según él, practicar disciplinas de lucha era una costumbre extendida entre los hombres de su país.

Mientras aseguraba no haber discriminado nunca a otros tayikos, solía hacer comentarios despectivos sobre los rusos. Decía que, por lo general, no tenían buena condición física y que no se tomaban en serio la práctica de los deportes de combate. Se lo hice notar en varias ocasiones. Me parecía contradictorio defender el orgullo de la propia cultura mientras se recurría a generalizaciones para desacreditar a otra.

Él estaba acostumbrado a relacionarse con tayikos, uzbekos, kazajos y rusos. Mi procedencia caribeña introducía referencias, costumbres y maneras de pensar que no formaban parte de sus experiencias habituales. Aunque no siempre estábamos de acuerdo, fue enriquecedor.

Referencias

Contino, L. (2016). Samara: Memorias de un Viaje.